jueves, 16 de septiembre de 2010

Bicentenario de libertad en México


Rafael Espino G.

Sin duda alguna el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución son festividades que no podemos dejar pasar en la indiferencia. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad ante la vida de nuestra nación y, por ende, nos exige el rescate de los valores más nobles de nuestra raza y, al mismo tiempo, el fortalecimiento de nuestras raíces.

No olvidamos la situación gravosa y el deterioro que sufrimos en el país. Un escenario que genera temores y desconciertos; una sociedad debilitada por la crisis de legalidad y la endeble moral que daña nuestra cultura. Todos vivimos urgidos de una revisión a fondo, de efectuar un autoanálisis de nuestra propia responsabilidad personal, familiar y social ante las circunstancias históricas que nos toca vivir.

Si deseamos una Patria mejor debemos construirla. Para ello urge el no dejarnos caer en la volubilidad y la indecisión que evitan acatar los desafíos y limitaciones de la nación, así como la apertura al compromiso ciudadano.
Los mexicanos somos un pueblo con historia, con una infinidad de tradiciones y bagaje cultural. Sin embargo el individualismo creciente y la globalización cultural nos amenazan con el olvido de la historia común que compartimos, proponiéndonos un cambio de valores que confunden nuestra propia identidad.

Si queremos una Patria mejor debemos construirla. Tenemos que ofrecer algo para enderezar el rumbo. Juntos y unidos podemos seguir construyendo lo que es de todos.

Evitemos toda clase de actitudes que dañen nuestra propia dignidad humana. Apostemos por el respeto, la comprensión, la unidad y la colaboración solidaria para que alcancemos un justo desarrollo y superación en el bien común.

jueves, 15 de julio de 2010

“Muchacho, cuida tus alas”

No hace mucho tiempo me tocó preparar un tema para un grupo de jóvenes que se encontraban discerniendo sobre “su vocación”. La verdad yo no sabía qué compartirles. Es muy difícil tratar sobre esta cuestión.

Sin embargo, en la preparación y búsqueda de material para compartirnos juntos, un amigo muy cercano me recomendó un texto que le parecía muy propio para el momento. Yo al principio no le ví mucho sentido, pero en el trato contiguo y relecturas posteriores, me di cuenta de la basta riqueza que contiene.

Su autor es un sacerdote y periodista español que se entrega con esmero al trabajo de la escritura.

Espero sea de su agrado.

José Luis Martín Descalzo

Cuando san Agustín daba ese consejo que acabo de escribir como título de este artículo resumía, con su habitual eficacia literaria, todo un mundo de experiencias humanas que es el que hoy repetiría yo a cuantos jóvenes me escriben: cuiden sus alas o, como decía literalmente san Agustín: “nutran, alimenten” sus alas.

Porque, tal vez, lo más dramático de este mundo en que vivimos es que hay en él muchísimas personas que están llegando a la vejez sin haberse enterado de cuán tercamente lucharon sus alas por llegar a salir bajo sus omoplatos, pero murieron como ramas secas, o porque la realidad los mutiló, o porque ellos mismos no se preocuparon de cultivarlas.

Tendríamos obligación de explicárselo bien claro a los muchachos: entre los 14 y 16 años –a mí me gustaría llamar a ese tiempo “la edad sagrada”–, todo ser humano normal tiene ese don terrible de poder elegir entre convertirse en un reptante, que sólo tiene pies para poner zancadillas, o en una ave de vuelo más o menos poderoso, pero capaz, en todo caso, de remontarse sobre sí misma.

Y tendríamos que decirles aún más claro que, en definitiva, en última instancia, la opción asumida depende casi exclusivamente de ellos. Decirles que el mundo puede zancadillear, obstaculizar, dificultar, recortar, reducir un gran porcentaje de sus esfuerzos, pero que, al final, el gran salto quien lo da o lo deja de dar, quien asume sus alas o las deja perdidas en el gran perchero de la vulgaridad, es lapropia persona que hace la opción, es el propio adolescente que elige reptar o volar.

En esto me parece que nos hemos ido de extremo a extremo. Y no sé cuál de ellos sea más peligroso. Cuando yo atravesaba esa “edad sagrada” –hace ya 40 años– nos hicieron un bien infinito al hablarnos mucho de “ideal”. Nunca lo agradeceré bastante. Nos explicaron que había grandes cosas por las que valía la pena luchar. Un poco románticamente nos señalaron diversos tipos de heroísmo como metas posibles y necesarias. Y en todo ello había mucho de tópico y de ingenuo. Pintaban demasiados luceros en nuestro horizonte. Pero, al menos, consiguieron con ello que nos acostumbrásemos a mirar hacia arriba.

No nos explicaron, en cambio –y eso fue su fallo–, que la realidad es cruel, que tres de cada cuatro de nuestros ideales serían mutilados o arrasados. ¡Nos pegamos, por ello, cada batacazo! ¡Cayeron tantos en el otro extremo del cinismo!

Pero tengo la impresión de que ahora está ocurriendo exactamente lo contrario, que me parece más peligroso. ¿Hay entre los adultos, maestros o guías que tengan ilusiones suficientes para transmitirlas? ¿No se encuentran, más bien, los jóvenes con una generación de plañideras que no pueden invitar a unas conquistas en las que no creen?

La tierra se ha poblado de lo que Juan XXIII llamaba “los profetas de calamidades”. Y uno ya sabe que la marcha de este planeta no está para fandangos, pero es que te levantas y el periódico te habla de la proximísima conflagración mundial; tu vecino de autobús te anuncia una nueva subida de la gasolina; la señora que limpia la escalera te cuenta que los jóvenes de ahora han perdido el respeto, la limpieza y quince cosas más; el compañero de trabajo te habla pestes del jefe, y si entras en un bar te hablan mal de los curas, de los políticos, de los fabricantes de cerveza y de los deshollinadores, y llegas a la noche preguntándote si algo funcionará bien en este mundo, y hasta te maravillas de que al abrir el grifo salga agua en lugar de vinagre.

A veces miro con pena a los chicos de ahora, a quienes hemos convencido de que no tienen más horizonte que el de la próxima guerra mundial, y a quienes empujamos, mientras la bomba llega, a malgastar su vida lo más ruidosamente que puedan y sepan.

Yo prefiero volar. Si esa temida guerra tuviera que llegar, aspiro a que al menos, me encuentre volado y habiendo vivido hasta el céntimo todos los sorbos de vida que me hallan concedido. Con lo que, si además, no llega, nos vamos a ir encontrando mejor cada vez en un mundo de gente ilusionada que en otro de reptantes asustados.

Por eso digo a los jóvenes que cuiden sus alas. Que procuren tener varias, si es posible tres pares, como los serafies, porque luego viene siempre la realidad y te recorta algunas, así que hay que tener, por si acaso, varias de repuesto. Que no se olviden de que es muchísimo más importante dedicarse a fabricar unas alas que a podar sus defectos. Hay gente que gasta su tiempo en quitarse chinitas de los zapatos o callos en los pies cuando podría, simplemente volar. Era san Agustín quien decía que aquello del “ama y haz lo que quieras”, no porque sea bueno hacer lo que a uno le venga en gana, sino porque cuando uno ama sólo le vendrá en gana hacer cosas ardientes y dignas.

Si los chicos aprendiesen a volar, si todos alimentasen sus alas, su coraje, su pasión, sus ganas de ser alguien y mejorar el mundo, ya podía el paro encadenar a un alto porcentaje de ellos, ya podrían venir ríos de droga por todos los canales de los negociantes: ellos seguirán creyeno en sí mismos y en su lucha. Porque no es cierto que a los jóvenes les vaya mal porque han caído en la droga o en la soledad. Al contrario: han sido atrapados por la amargura y por la droga porque ya antes les iba mal, porque ya tenían el alma a medio encadenar. No se llena de veneno o de vinagre una vasija que no esté previamente vacía. Hace falta un casador buenísimo para cazar a los pájaros que vuelan más alto, muchos se quejan de que les pisan y no se dan cuenta de que fueron ellos quienes eligieron ser cucarachas. Muchacho: ¡Cuida tus alas!

lunes, 28 de junio de 2010

El suicidio en tres versiones


Hace tiempo, en algún ejercicio escolar, me dí a la tarea de redactar sobre un tema en adaptaciones distintas. Fue una actividad gratificante, pero es ahora que comparto estos escritos…


El suicidio: una calamidad
(Versión catastrófica)

Me crean o no, he sufrido uno de los peores males que el hombre puede padecer. Mi mejor amigo, aquel a quien yo le confiaba todo sobre mi persona y en quien me refugiaba en los momentos de desdicha, decidió quitarse la vida, y peor aún, me ha arrebatado la mía, se la llevó consigo.

Tomó uno de los cuchillos con los que su padre suele matar reces en el “rastro” y decidió –con una actitud de experto en asesinar animales– clavárselo en aquella cuenca que suele formarse debajo de la garganta. Partió en dos la vena que acarreaba vida a la parte superior de su cuerpo… Sí, así fue. Y aunque muchos teman expresar el término o traten de evitarlo -cuando se hallan en semejante situación-, no se puede evitar saber que se trata de un suicidio.

Lo más probable es que mi amigo no tenía ningún motivo para seguir existiendo, ni siquiera yo le di razones suficientes.

–¿Tendrá algún sentido estar luchando contra una realidad absurda? ¿Vivir en medio del sufrimiento, las injusticias, la negatividad de la vida? ¿Sobrevivir? ¿Para qué?... solía decir aquel amigo que ahora ya no puede leer esto que escribo.

Y tal vez tenga razón. Ahora más que nunca comprendo la situación por la que ha pasado: no hay nada que motive la existencia. Ni yo mismo cobro el valor para soportar esta calamidad. Es mejor terminar ahora con este ser que roba aire al mundo. Se fue mi amigo, y creo que lo mejor es irme también yo.

Me parece muy propio valorar el suicidio. No hay duda que es el ejercicio de la libertad. Para qué continuar empujando una piedra cuesta arriba por una ladera empinada, sabiendo que una vez en la cima rodará de nuevo hacia abajo. ¡Aceptemos de una vez por todas la condición futil y perecedera del hombre!

Es hora de realizar el acto más heróico, el más lleno de sentido, el más condecoroso que pueda realizarse. Es hora del suicidio…



El suicidio: un milagro
(Versión milagrosa)

Me desperté hace apenas unas horas. No pude dormir durante la noche y fue gracias a aquel acontecimiento que sigue ardiendo en mi mente. Nunca lo imaginé. Ya era hora de que Gonzalo tomara al toro por lo cuernos. Uno nunca debe proceder con temor ante aquellas cosas que se resuelven acatar sin preámbulos.

-¡Fue un milagro!, expresó su novia cuando le dí la noticia.

Y era cierto, nada habría sido mejor que lo que sucedió. Gonzalo se suicidó depués de tantos intentos. Ahora ya no se tendrá que recolectar dinero para pagar las intervenciones quirúrgicas en hospitales o para saldar daños que se ocacionaban a terceros. Ya podemos respirar tranquilos al saber que por fin alguien logró lo que tanto anhelaba en la vida: ¡morirse!

El suicidio de ayer en la tarde ha sido un portento (…). Todos nos quedamos pasmados al saber la noticia.

Cuando la puesta del sol, me enteré de ese acontecimiento que nos devolvió la tranquilidad. Gracias a la muerte de Gonzalo nos libramos de preocupaciones. Su acto heróico de abandonar este mundo, nos hace ver al suicidio con buenos ojos.

¡Un milagro!, eso fue. Fue algo casi divino; algo sobrenatural porque entre nosotros jamás había existido atisbo tan sorprendente y fuera de lo común: el suicidio de Gonzalo.



El suicidio: ¿evita el absurdo?
(Versión crítica)

Para los seres humanos existe sólo un problema serio, es el de “juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida”, decía Albert Camus. Ahora bien, ¿tendrá algún sentido estar luchando contra una realidad absurda? ¿Vivir en medio del sufrimiento, las injusticias, la negatividad de la vida? ¿Sobrevivir? ¿Para qué?

¿Acaso el valor de nuestra vida depende tan sólo de la realidad que nos circunda? Definitivamente no es esí. Y es que precisamente nuestra única tarea en la vida es dignificar nuestro llamado a la existencia. La vida es el encuentro, es la relación entre mi persona y el mundo, mi respuesta y compromiso ante lo otro. Mi vida no depende sólo de las condiciones externas, depende, incluso en mayor medida, del ejercicio de mi libertad en el compromiso. Y esto se contrapone con aquellos que piensan que el suicidio es la solución a algo que no parece tener salida; contra aquellos que justifican el suicidio como el ejercicio de la libertad, cuando ni siquiera son capaces de abrazar su condición de libres y lograr modificar su forma de existencia y su realidad.

“La vida merece la pena de ser vivida”. Ese es el transfondo del mito de Sísifo que expone Camus: empujar una piedra cuesta arriba por una ladera empinada, sabiendo que una vez en la cima rodará de nuevo hacia abajo. Una manifestación de la condición futil y perecedera del hombre, pero que al mismo tiempo manifiesta el gran poder que tiene para enfrentarse a su condición de mortal. El hombre obtiene su trascendencia en ese mismo afán de lucha por salvaguardar su vida.

Sísifo le enseña a los dioses que, a pesar de su condena, obtiene la dicha. Él no se abandona a las condiciones que se le imponen desde fuera, por el contrario, hace de ellas el medio para obtener su gloria.

De allí que el suicidio sea lo más vergonzoso de un ser cuya esencia sea la libertad; el silencio atroz ante el llamado a la existencia; la degradación de la conciencia; el acto más vacío de sentido que un ser humano llegue a realizar... Los que se suicidan evitando una realidad absurda no hacen más que volver más absurdo aquello que trataron evitar.

viernes, 11 de junio de 2010

Un coloquio sobre mi religión


Rafael Espino G.

Hace días entablé un diálogo con una persona que se dice a-religiosa (es decir, sin religión). Era alguien mucho mayor que yo, y al parecer con mucha más preparación. Dicha conversación surgió a partir de un reclamo abierto y sin escrúpulos por parte de aquella persona hacia la Iglesia católica. Me argumentaba la falsedad de la institución católica, y además, de la inexistencia de lo espiritual…

Sin duda alguna, la persona de la que les hablo, a pesar de dar muestras de su excelente formación, patinaba en un grave error. Primero porque emitía juicios generalizantes respecto de la Iglesia, y segundo, lo más imperioso, mantenía su postura totalmente insustentable de que lo espiritual no existe…

Gracias a este acontecimiento, me doy la oportunidad de plasmar en los siguientes párrafos algunas ideas que he venido adquiriendo al paso de los años respecto a esta situación. Considerando además que, dado el hecho, alguna vez cuando más jóven, llegué a tener dudas sobre tales cuestiones…

En primer lugar, debo decir que lo espiritual existe. Es algo propio del hombre y nunca separable. Es una realidad ineludible, y además, no nocesita estar vinculada a las religiones forzosamente. Se da cuando hay cultivo de la interioridad, meditación, liberación personal…

En segundo lugar, retomando aquello de la institución católica (y de lo cual profundizaré un poco más), considero que el hecho de que se perciba un declive de la religión, puede ser una oportunidad para lanzar fuera las represiones que nos formamos en este ambiente o sistema social.

Sin embargo, como primer momento, debemos reconocer que, a pesar de las fricciones que han surgido al paso del tiempo entre Iglesia, ciencia y otros elementos, siguen coexistiendo en el ámbito de la experiencia humana, y siguen reformulándose día a día.

El sistema racionalista nos ha conducido a decir que la religión es el “opio del pueblo”. Los medios de comunicación han tratado de quitarle crédito, incluyendo a otras instituciones, pero no confundamos el fundamentalismo con la religión...

La religión (por lo menos la que profeso) es compatible con lo valores universales de la ética, los derechos humanos fundamentales. No debemos considerarla como un rango cultural inferior, como lo hacen los escépticos y fundamentalistas científicos. Nadie puede negar que el mismo Papa Juan Pablo II fue un defensor de la libertad y del hombre (¡y profesaba una fe, una religión!).

La mayoría de la veces, en la religión, el hombre expresa lo mejor que lleva de sí, sus aspiraciones más altas y sus necesidades profundas. Hoy día ella es una de las que se muestra abiertamente en contra del materialismo atroz que nos despersonaliza, contra las guerras, pobreza e individualismo.

La religión católica desvela el destino de cada uno de sus fieles. Nos mantiene seguros de que nuestra existencia no tiene fin el día que dejemos de respirar. La religión no nos pone como condición dejar de pensar, sino todo lo contrario. Ella no trata de algo fideísta o fundamentalista, sino de una cierta confianza en nuestra razón, que sin duda también nos conduce a Dios.

Para los cristianos católicos es fundamental saber que antes de pertenecer a una religión profesamos una fe (en Jesucristo). Donde se trata de acoger a Dios mismo, como Don, y por consecuencia, que se traduce en formas religiosas: cultos, textos sagrados, normas, comportamientos, etc. Creer es adherirse a alguien (a Jesús).

En la religión católica, el hombre que cree en Jesús entra en la propia dimensión de Jesús, porque se acerca a él: oración, paz, misión salvífica. Es Jesús quien promueve al hombre. Lo convierte de siervo a amigo, de esclavo a hijo…

El creyente católico no puede ni debe creer a la ligera, ya que es un sugeto humano dotado de exigencias de honestidad intelectual y rectitud moral respecto a los actos que realiza. Debe dar razones de su fe: necesarias para garantizar su carácter razonable.

La Iglesia católica no encubre nunca sus razones de fe. A pesar de que ello la conduzca constantemente a la hoguera. La fe del católico no es demostrable siempre, pero tampoco puede reducirse a una opción voluntarista, irracional y sin compromiso… La Iglesia católica, en su calidad de depositaria de fe, da al hombre motivos racionalmente válidos para hacer razonable su adhesión a Dios…

Las actitudes descalificadoras, superficiales y acríticas contra la Iglesia católica son moneda barata e insuficiente. Se necesita una visión global para aprender y pensar qué somos y dónde estamos. No basta ser mediocre y repetitivo. La religión cristiana es muy fascinante como para tacharla de esa manera…