miércoles, 29 de julio de 2009

El mundo y nuestro conocimiento


Rafael Espino Guzmán

Todo principia en el propio mundo, en la evidencia de lo mirado desde el sentido común y su posibilidad. El proceso de conocimiento tambien parte de allí, el propio mundo es todo un principio, nuestro formador, el caliz de nuestra savia, el continente de nuestro contenido.

Del propio mundo iniciamos el camino del conocimiento, hacia él regresamos de vez en vez; en ocaciones nos alejamos en forma permanente. El propio mundo siempre está allí, se mueve con lógicas que no nos incluyen; todo el tiempo como un componente fundamental.

Nosotros también nos movemos, cuando parece que nos hemos marchado de un mundo propio aparece otro; siempre habitamos en alguno, no podemos existir fuera de él.

A veces el mundo se mueve y no nos damos cuenta, parece lo mismo; a veces nuestra mirada es distinta y el mundo parece otro. Los tránsitos de los reflujos de lo interior y lo exterior conforman la diversidad y la sensación del tiempo.

Nuestro marco de experiencia depende del propio mundo; lo demás se resuelve, se ordena, se entiende, se siente en referencia del primado constitutivo de lo que somos, de donde somos.

El tiempo y el espacio traman la urdidumbre del acontecer; el acontecer constituye nuestra presencia y define nuestra realidad. El conocimeinto de nuestro mundo permite establecer contacto con otros que muchas veces creamos, todo en el marco relacional.

El movimiento hacia lo invisible, hacia lo improbable y aparentemente imposible, parte del propio mundo. Desde allí el conocimiento es creador de lo que antes no existía. El interior se vuelve más poderoso cuando establece contacto con el exterior.

lunes, 6 de julio de 2009

En lo que resta del año


Rafael Espino Guzmán

Finalizaba la diversión, mis vecinos y yo habíamos pasado largo rato jugando en la calle. Era un domingo en la noche, mis padres llegaban de Misa y me pedían que entrara a casa para descansar.

Me despedí de “Carajo”, un vecino que no requiere descripción, pues su apodo basta para conocer alguna de sus características. Cuando me abalanzaba hacia el interior de mi casa escuché que Lulú me dijo: “No olvides la tarea, la maestra se enojará aún más con tus papás si le fallas mañana…”. No tomé tanto interés en las palabras de mi amiga y continué mi trayectoria.

Mi familia se encontraba reunida en la cocina de la casa. Yo pasé de largo y me dirigí a mi cuarto, no quise siquiera dar las buenas noches. Sólo quería descansar. Quería dispersar mi mente: durante el día anduve buscando las posibles soluciones a todos los embrollos por los que estábamos pasando.

Una vez en mi lecho no podía conciliar el sueño. Me quedé observando el retrato que se hallaba sobre el buró y recordé los comentarios que le hacían mis tíos a papá la semana pasada: “Que en tiempos pasados la familia tenía su dinerito, que proveníamos de gente acaudalada”. “Que mi bisabuelo era de aquellas personas que sabían leer y escribir... y que no comprendían la situación en la que nos encontrábamos”...

...¿Cómo imaginar que yo descendía de una familia atesorada, cuando apenas sacábamos lo necesario para sobrevivir? Si con decirles que nos afectó mucho cuando desaparecieron las gallinas que mi hermano menor había comprado. Un famoso coyote cola blanca se nos adelantó al puchero. Se colaba sobre el corral para devorar a “las más ponedoras”… Las granizadas recientes habían terminado con la cosecha. Las heladas, las sequías, las plagas, la falta de ventas en el mercado... todo eso había truncado un porvenir más llevadero.

La situación me parecía cruel. Pensaba y pensaba sin poder dormir… Llegó el momento en que decidí apartar la vista del retrato de familia. Recordé lo que me había dicho Lulú hacía apenas unas horas: en la escuela me habían robado la calculadora que con tanto esfuerzo me había comprado mamá. Sabía que, una vez enterada de la tragedia, me daría su famosa tanda de azotes con el cinturón de papá. Eso fue lo último que recuerdo. El sueño me arrebató mi vigilia llena de preocupaciones.

Al día siguiente me despertó mamá. Estaba cansado. No tenía ganas de ir a la escuela, la tarea no la había hecho. Posiblemente si tuviera una calculadora la haría de inmediato.

Salí de casa sin desayunar. Llegué a la escuela en el momento que rendían honores a la bandera.

Cuando entramos a clases, lo primero que hizo la maestra fue pedir la tarea. Yo quise justificarme a partir del robo de mi calculadora pero todo fue inútil, terminé siendo castigado. No tenía derecho al recreo. Lo peor de todo es que fui el único que recibí escarmiento.

Definitivamente la suerte no estaba a mi lado. Tenía un hambre de los mil demonios. En el recreo acaté la sentencia. En mi soledad, preso en las cuatro paredes de enseñanza descubrí que la inactividad es lo más desesperante. Me dirigí al escritorio del salón. Me senté frente a él y miré un libro que estaba sobre un bolso. En su portada se hallaba un recuadro amarillo con la imagen de un santo. No le tomé interés al momento, pero al no saber qué hacer lo comencé a hojear. La ilustración de una tormenta en el mar atrajo mi atención. Había una barca destrozada cerca de la costa y muchos hombres en derredor nadando hacia las orillas del agua. Al leer las primeras líneas del texto supe que era algo interesante. Era la historia de un hombre extraordinario llamado Pablo que, junto con otros, viajaba preso a través del mar…

Casi finalizaba el receso. Entró la maestra y me sorprendió cuando husmeaba sus pertenencias. Pensé en un castigo más, pero no fue así. Ella se acercó y me preguntó algunas cosas sobre mi persona. Al principio no sabía qué hacer, nunca me había sucedido eso. Después de algunos minutos me sentía comprendido, no sé cómo yo había confiado mis problemas a alguien que nunca imaginaba. Sonó la “chicharra”, era momento de continuar las clases.

–¡Toma el libro, llévatelo a casa y termina de leerlo! En lo que resta del año tu única tarea será confrontar tu vida con la del personaje principal –exclamó la maestra–.

Quedé atónito. Tomé el libro y me dirigí a mi butaca. La maestra comenzó a escribir sobre el pizarrón el esquema de la clase de historia.

Sobre la paleta de mi butaca se encontraba aquello que cambiaría mi vida. En las noches siguinetes nunca volví a atormenarme por los problemas familiares. El mensaje de tal obra era eficaz... Con decirles que la calculadora no la necesité para el resto del ciclo, me bastaba leer y reflexionar.

sábado, 13 de junio de 2009

Una experiencia...

Rafael Espino Guzmán

(Hacía tiempo que no dirigía una charla para jóvenes.
Cuando llegué ante ellos todas mis armas se derrumbaron.
No imaginé hallar un público como este.
Miré en ellos a toda una juventud que grita desesperadamente
y que busca con recelo a Dios...).

Es difícil hablar sobre el don de la vida a aquellos seres que, en cierto sentido, se colocan en espectativa frente a una realidad que les amenaza con una constante de cambios. Todo lo miran con ojos embarazosos o bien con su natural sentido de conquistadores de utopías. Son en sí mismos claridad y espectros nubulosos: los entiendes porque en algún momento viviste aquella “época dorada”, pero al mismo tiempo les reclamas las bondades de una juventud opacada por la apatía, la falta de asombro y la ausencia de reconocimiento.

El coraje, la pasión, las ganas de ser alguien y el deseo de mejorar el mundo nunca se viven con tanta intensidad como se hace en esta etapa de la vida. Muchísimas personas que llegan a la vejez tienen escondidos en la juventud los más grandes tesoros acumulados a lo largo de su caminar -y digo tesoros porque los aguardan en el corazón con llave de oro como protegiéndolos de la amenaza del olvido-.

El gozo de la existencia y el deseo de abandonar un “absurdo” se conjugan con similitud. El apenas saberse dichoso de estar en un aquí y un ahora se frustra con el espantoso compromiso de respuesta vital.

No imagino lo estripitoso de su situación, y mucho menos al saberlos únicos y distintos entre ellos. Sólo me limito y no los juzgo, y pido para ellos la dicha y la felicidad que bien se merecen. Porque la lucha en medio del frío atroz y el acorralamiento entre la falta de esperanza y los oscuros horizontes merecen el calor de un Dios de bondad y la libertad en plenitud que sólo le corresponde a aquel ser que es pensado en el proyecto divino desde antes de su nacimiento.

jueves, 11 de junio de 2009

Ni el “yo”, ni el “tú”, sino el “nosotros”

La necesidad de apertura
y disponibilidad



Rafael Espino Guzmán




Dos personas pueden estar presentes físicamente y no convivir.
Pueden estar como dos cosas, una a lado de otra,
pero extrañas sin remedio y para siempre.

(En L’Insondable)


Introducción
Algo que aconteció en la primera parte del siglo XX es la devaluación de la persona. Varios factores hicieron que se llegara a esto y no se tuvo la prevensión de los grandes problemas que esto acarrearía. El surgimiento de varias revoluciones, la sobrevaloración de lo material por encima de la persona, la búsqueda de placer, el cambio de estructuras sociales y otros factores más fueron el parteaguas para que en 1929 –como dice Mounier­– el personalismo apareciera como una protesta contra la avanzada putrefacción de la persona y, debido al hundimiento de su agusanada estructura, proponiendo salidas ante tal crisis, apelando a una revolución personalista y comunitaria.
En este contexto aparece Gabriel Marcel, quien después de haber vivido su experiencia en la Primara Guerra Mundial, vuelve su atención hacia la dignidad de la persona.
En su búsqueda de soluciones a la llamada crisis atina en un punto elemental que es factor desisivo para que la comunión se efectué y se realice con mayor eficacia. Se trata de la disponibilidad, la apertura, la donación, el encuentro ante el otro que no es un objeto sino también otra persona (...).

El hombre: una expresión
El hombre por sí mismo es “expresión”. La realidad más pura del ser, su “estar allí”, consiste en develar una presencia. En este sentido el ser humano, por el simple hecho de “ser”, se manifiesta. Su estar allí, de una forma muy particular de ser, lo hace ya una expresión.
El ser humano transmite en sí mismo una significación, expresa su ser en acto que corresponde a un ente expresivo. El vivir del hombre es un constante expresar; no se vive primero y luego se expresa, sino que vivir consiste en expresar[1].

La expresión dentro de la dinámica de la comunicación
En este marco de la expresión tenemos que ser conscientes de que nos movemos en espacios en los que actuamos y permanecemos; manejamos objetos materiales e interactuamos con otras personas; persivimos e intercambiamos mensajes y reaccionamos ante ellos. Es decir, que nuestra expresión no aparece ni se da aisladamente, sino que se halla dentro de la dinámica comunicacional que le es propia a todos los seres humanos. La expresión se encuentra en el marco comunicacional. El hecho de ser expresión implica comunicar algo a los que nos circundan.
Tal comunicación tiene dos formas de presentarse: la consciente y la inconsciente. La primera se refiere a la que realizamos sin darnos cuenta (puede ser verbal o no verbal) y la segunda se refiere a aquella comunicación que conlleva un razonamiento previo al acto de comunicación (tambien puede ser verbal o no verbal).

Mi cuerpo: “Un yo que se manifiesta a sí mismo y al espíritu”
La dimensión de corporeidad o de encarnación de la persona es fundamental de la expresión, puesto que a partir de ella logramos manifestarnos ante lo otro y reconocernos como expresión en sí. Huyendo del dualismo cartesiano y queriendo a toda costa reafirmar la corporalidad del hombre, se llega a afirmar con esto que “yo soy mi cuerpo” –como decía Marcel–. Pero no es que signifique reducir al hombre en una corporalidad, sino rechazar toda posible visión instrumental del cuerpo humano. El hombre no tiene un cuerpo sino que es un cuerpo en el sentido que éste forma parte de su ser y de su esencia. No posee un cuerpo al igual que posee determinadas cosas, sino que se relaciona con él de un modo totalmente peculiar. Y en este sentido el cuerpo toma parte elemental en la relación con el que “no-yo”, se vuelve necesario para la comunión y el preoceso comunicacional[2].

Dos obstáculos
Hay dos actitudes que nos impiden establecer una puesta en común, una comunión humana eficaz. Actitudes que pueden colocarnos en la cúspide de una total ignorancia del otro que no es un “yo” pero que es, en cierta manera, “otro yo”. Dos actitudes que están llenas de orgullo y de superficialidad y lo único que hacen es arrojarnos a un desgarramiento de nuestra forma particular de expresión y a la desesperación, la frustración de la naturaleza propia del hombre que mencionaba Nicol.
Los dos obstáculos que se oponen al acceso del ser auténtico son: la objetivación del sujeto, la negación del ser tascendente del otro; la segunda es cerrarse contra nuestro ser natural, que es abierto y en comunicación con los demás seres[3].
El primer obstáculo parte de nuestro acto consciente de inteligencia, voluntad y vida psíquica que requiere siempre en un primer momento de colocarnos frente a un objeto (en este caso un sujeto-objeto). La inteligencia nada puede aprender sin poner ante sí algo distinto de su propio sujeto. Por ello en la actividad objetivante de la inteligencia, el sujeto no es alcanzado como tal, queda como en penumbras.
Objetivar en este sentido es problematizar. La asimilación por parte de la inteligencia consiste en dar soluciones sucesivas de lo aprendido hasta ser esclarecido totalmente.
Ahora bien, el problema que Marcel haya ante esta circunstancia es el hecho de diluir al hombre en su realidad íntima, inefable de sujeto o de ser, puesto que al esclarecer totalmente a algo, objetivarlo plenamente, equivale a la pérdida de la persona.
La inteligencia por tanto no penetra en el sujeto en cuanto tal. Está mas allá de sus posibilidades. Se queda más acá y frente a la realidad misma inalcanzada de ser, sustituye la realidad íntima o subjetiva por el objeto. Por otra parte yo también me estaría valiendo como una solución obetiva, porque entonces no sabría ni siquiera quién soy yo, y no puedo tomarme a mí mismo como un objeto.
Cuando la inteligencia hace del ser un objeto, lo problematiza, lo coloca delante de él sin penetrarlo; lo hace como un dato científico (...).
El segundo obstáculo es la falta de disponibilidad. Cuando se habla de un cerrarse a la propia naturaleza, significa ir en contra de la “expresión en sí que es el hombre”, es ir contra corriente de la necesidad comunicacional del ser humano. Si se evita la comunión, estando en contacto con los otros sujetos, la expresión reclama atención y termina por convertirse en una comunicación frustrada, cuando por el contrario podría constituirse como una unidad y compartimiento ontológico. La falta de apertura y disponibilidad hacen la separación del “yo” y del “tú”, volcándolos a la plena anulación de sí por la exigencia de su misma naturaleza. Se evita la conformación de un “nosotros” en el que ambas partes tendrían la capacidad de admitir y ser admitidas.

Una solución al problema
Una posible solución a esta problemática filosófica –que bien puede aplicarse en el ámbito comunicacional– es la llamada “reflexión de segundo grado”. Es colocarnos en el seno mismo de la realidad, en una experiencia lúcida e inmediata, sin intermediarios del ser, en su realidad inefable, en su “misterio ontológico”. Mediante esta reflexión somos no conducidos al pensamiento pensado (la objetivación), sino al “pensamiento pensante”, a la fuente misma donde se crea el ser del pensamiento. El ser se alcanza en la experiencia inmediata, en el ser en sí mismo, en su irreductible realidad óntica.
A semejante aprensión se llega por el “recogimiento”. Se requiere de cierta aprehensión que no deja al sujeto como fuera de sí como objeto, sino que penetra y coincide con él. Se trata de una aprehensión en el recogimiento por una cuasi-intuición no distinta del ser mismo.
Es mediante esta actividad que el ser se vuelve abierto a la auténtica trascendencia, no un ser que se nos da frente a nosotros –como objetos–, sino en comunión con otros. Se manifiesta así un ser encarnado, comunicado con el cuerpo, y por él con la trascendencia del mundo corpóreo.
Para llegar a ello se requiere una decisión libre, una aceptación de nuestro ser tal cual es y tal como se nos da en comunicación con los demás seres[4].

Conclusión
El “otro”, el “no-yo” no es ni un límite de mi persona ni un rival; tampoco es la ficha sobre un libro, ni aquel que está allí para darme informes; ni siquiera es la idea que yo tengo o puedo formarme de él. El otro no es un repertorio de datos o de noticias, no es objeto, sino como expresa el mismo término: es un “otro yo”.
La única existencia auténtica es la existencia en común o la apertura de un “yo” a un “tú”, en el cual me encuentro y me descubro a mí mismo. La intersubjetividad, el “nosotros”, es el único camino que lleva al otro y hacia sí mismo.
En este mundo no hay más que un dolor, un sufrimiento, que es el que produce la soledad, pero de pronto surge la luz en el horizonte del hombre, es la presencia de un “tú”.
Sólo se realiza el hombre en la apertura, en la disponibilidad. Pero está expuesto al egoísmo, que le encierra en su prisión, aun cuando se coloque en la máscara de la generosidad o de la bondad.
El otro es una realidad no objetiva, no es ni resorte mecánico ni un objeto entre los objetos, sino libertad y misterio.
La propuesta de Marcel es un llamamiento a decubrir nuestro auténtico ser, al descubrimiento del misterio ontológico. Un llamamiento a no descuidarnos y dejarnos arrebatar por los enemigos del egoísmo, la superficialidad y el orgullo que están siempre en acecho.
El remedio para paliar esta situación consiste en darse cuenta con fuerza renovadora del valor y de la riqueza de la realidad personal de cada hombre: disponibilidad, donación, responsabilidad, compromiso, apertura, intersubjetividad, presencia, vocación, respuesta, llamada, encuentro. Pero entre todas ellas destaca la disponibilidad. La persona se caracteriza por estar dispuesta, accesible y abierta a los demás, ante los otros[5].

Bibliografía
[1] NICOL, Eduardo. La idea de hombre. México, F. C. E., 1997.
[2] MARCEL, Gabriel. Homo Viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza. Sígueme, Salamanca, 2005.
[3] MARCEL, Gabriel. Homo Viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza. Sígueme, Salamanca, 2005.
[4] BURGOS, Juan Manuel. El personalismo. Biblioteca Palabra, Madrid, 2000, Pp. 197.
[5] BURGOS, Juan Manuel. El personalismo. Biblioteca Palabra, Madrid, 2000, Pp. 197.