domingo, 17 de octubre de 2010

México, ¿una nueva Babel?

El lenguaje en la construcción de una nueva democracia

Rafael Espino Guzmán

Los pasados días 21, 22 y 23 de septiembre se llevó a acabo un coloquio filosófico-teológico en homenaje a Edward Schillebeeckx, el teólogo dominico belga que se coloca como uno de los de mayor influjo en la segunda mitad del siglo XX. En el marco de las actividades se profundizó sobremanera en la importancia del lenguaje para la construcción de una democracia en México. Participaron grandes especialistas en el área teológica, filosófica, económica, periodística, política, etc., tales como Mauricio Beuchot, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Mendoza A., Felipe González González, Alberto Anguiano G., entre otros. Todos ellos se enfocaron, desde diversas perspectivas, al problema de la democracia en México. Los argumentos principales se desarrollan a continuación.

El lenguaje es el primerísimo proyecto de mundo en que un hombre es educado y comienza conscientemente su vida. Del encuentro con el mundo el hombre obtiene expericias que, por propia naturaleza y dado el cúmulo de relaciones, están expuestas a los otros para su interpretación. Es allí donde se abre el espacio de ciencias como la filosofía del lenguaje o la semiótica –sin dejar de lado el resto de ciencias– que ayudan a resolver el problema de cómo plantear un lenguaje apto para el desarrollo pleno de la democracia en México. Como bien señalaba Mauricio Beuchot, es necesario partir de una hermenéutica analógica, aquella que evita las posibles polaridades de lo univocista y equivocista en relación a la verdad. Se trata de aquella actividad de diálogo que desvanece las barreras de lo diferente y apuesta por la comunicación que en nada empobrece ni hace indiferente una sociedad multicultural como es la mexicana.

El lenguaje, en su efecto ideológico-social, puede contagiar o «manipular», o bien, puede sufrir un uso reprimido. El rumbo de la democracia en México se juega en estas tres posibilidades. ¿Cuál optará el creyente, como hombre, en su propuesta de cambio? ¿Qué papel juegan los medios de comunicación y de información en esta dinámica? ¿Cuál es el lenguaje que operan los representantes sociales en México? Lo deseable es aquel lenguaje crítico, fundamentado, que alcance el manejo comunitario de la palabra.

La teología por su parte, y dado que el coloquio giraba en torno a un teólogo de nuestro tiempo, presupone también una comprensión de lo que es el lenguaje. Lo tiene como aquella expresión de la realidad que se experimenta. Pero en la experiencia de Dios el lenguaje se traduce a un meta-lenguaje, al enunciado del Enunciado. De allí que el lenguaje sea un medio esencial para la Revelación. Los teólogos como Carlos Mendoza y Ezequiel Castillo nos ayudaron a comprender este gatuperio, recalcando que la teología no pasa por encima de la lógica. Además subrayaron el hecho de dar un paso más allá del nivel teórico. Los dos convergían en su propuesta de que el teólogo, más que del manejo ideológico, debe arrojarse a la práxis, a las experiencias en referencia a Jesús, cuya inteligibilidad no se atiende de completo sin la actuación. Aparece así el lugar propio de las creencias en el ámbito político, sobre todo la católica: la religión en su papel purificador de la razón. Aquélla que ayuda a corregir, buscar y aplicar principios morales en la sociedad; es propiamente el diálogo entre fe y razón.

El teólogo, el creyente, el ciudadano en sí, no queda exento de su actuar en el presente fenómeno de la globalización. Y a pesar de que padece la eficacia de los medios de comunicación y otros talantes derivados del neoliberalismo, tiene derechos y obligaciones; tiene en sus manos la capacidad de decisión política-ética en el campo de las relaciones y reglamentos, en las instituciones, organismos sociales y pueblo en general.

La propuesta cristiana toma lugar y recobra su sentido en este panorama en el que se diluye la persona. El cristianismo encuentra un espacio para promover la reflexión sobre el concepto de hombre, su visión sobre la historia y la idea de Reino que da preferencia por los pobres. Es el momento en que puede reflejar su sensibilidad ante las situaciones anómalas de la organización social con el fin de construir una comunidad fundada en los valores de justicia, solidaridad, verdad y respeto por la dignidad humana.

La democracia entonces se alcanza con el diálogo y el común acuerdo entre los diversos grupos sociales. La sociedad se beneficia a sí cuando se preocupa por encontrar el logos, la palabra, el saber que enaltece en sí al hombre. Por ello, si cada individuo que conforma la Patria se involucrara directamente; si cada uno de los que conformamos México nos «ensuciamos las manos» en la búsqueda del bien común, lograremos renovar y humanizar la tierra.

La democracia en nuestro país se muestra lejana y reclama una gran responsabilidad por parte de los ciudadanos, pero a final de cuentas es posible.


Coloquio filosófico-teológico en homenaje a
Edward Schillebeeckx O.P. (1914-2009).
Del 21 al 23 de septiembre de 2010
Universidad Pontificia de México

viernes, 15 de octubre de 2010

Los créditos son para...


No es el crítico quien cuenta,
tampoco el hombre que señala,
ni los trompezones del hombre fuerte,
o mejor, los hechos o las hazañas.

Los créditos son para el hombre
que está realmente en la arena,
cuya cara está sucia
por el polvo, el sudor y la sangre;
quien se esfuerza con valentía;
quien se equivoca y empieza
una y otra vez;
quien conoce los grandes entusiasmos,
las grandes devociones,
y se compromete con una causa digna;

quien mejor conoce al final
el triunfo de un gran logro;
y quien peor lo conoce, si fracasa,
al menos ha hecho el intento.
Así que su lugar jamás estará
entre esas almas frías y tímidas
que nunca conocen la victoria ni la derrota.

(Theodore Roosevelt)

jueves, 16 de septiembre de 2010

Bicentenario de libertad en México


Rafael Espino G.

Sin duda alguna el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución son festividades que no podemos dejar pasar en la indiferencia. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad ante la vida de nuestra nación y, por ende, nos exige el rescate de los valores más nobles de nuestra raza y, al mismo tiempo, el fortalecimiento de nuestras raíces.

No olvidamos la situación gravosa y el deterioro que sufrimos en el país. Un escenario que genera temores y desconciertos; una sociedad debilitada por la crisis de legalidad y la endeble moral que daña nuestra cultura. Todos vivimos urgidos de una revisión a fondo, de efectuar un autoanálisis de nuestra propia responsabilidad personal, familiar y social ante las circunstancias históricas que nos toca vivir.

Si deseamos una Patria mejor debemos construirla. Para ello urge el no dejarnos caer en la volubilidad y la indecisión que evitan acatar los desafíos y limitaciones de la nación, así como la apertura al compromiso ciudadano.
Los mexicanos somos un pueblo con historia, con una infinidad de tradiciones y bagaje cultural. Sin embargo el individualismo creciente y la globalización cultural nos amenazan con el olvido de la historia común que compartimos, proponiéndonos un cambio de valores que confunden nuestra propia identidad.

Si queremos una Patria mejor debemos construirla. Tenemos que ofrecer algo para enderezar el rumbo. Juntos y unidos podemos seguir construyendo lo que es de todos.

Evitemos toda clase de actitudes que dañen nuestra propia dignidad humana. Apostemos por el respeto, la comprensión, la unidad y la colaboración solidaria para que alcancemos un justo desarrollo y superación en el bien común.

jueves, 15 de julio de 2010

“Muchacho, cuida tus alas”

No hace mucho tiempo me tocó preparar un tema para un grupo de jóvenes que se encontraban discerniendo sobre “su vocación”. La verdad yo no sabía qué compartirles. Es muy difícil tratar sobre esta cuestión.

Sin embargo, en la preparación y búsqueda de material para compartirnos juntos, un amigo muy cercano me recomendó un texto que le parecía muy propio para el momento. Yo al principio no le ví mucho sentido, pero en el trato contiguo y relecturas posteriores, me di cuenta de la basta riqueza que contiene.

Su autor es un sacerdote y periodista español que se entrega con esmero al trabajo de la escritura.

Espero sea de su agrado.

José Luis Martín Descalzo

Cuando san Agustín daba ese consejo que acabo de escribir como título de este artículo resumía, con su habitual eficacia literaria, todo un mundo de experiencias humanas que es el que hoy repetiría yo a cuantos jóvenes me escriben: cuiden sus alas o, como decía literalmente san Agustín: “nutran, alimenten” sus alas.

Porque, tal vez, lo más dramático de este mundo en que vivimos es que hay en él muchísimas personas que están llegando a la vejez sin haberse enterado de cuán tercamente lucharon sus alas por llegar a salir bajo sus omoplatos, pero murieron como ramas secas, o porque la realidad los mutiló, o porque ellos mismos no se preocuparon de cultivarlas.

Tendríamos obligación de explicárselo bien claro a los muchachos: entre los 14 y 16 años –a mí me gustaría llamar a ese tiempo “la edad sagrada”–, todo ser humano normal tiene ese don terrible de poder elegir entre convertirse en un reptante, que sólo tiene pies para poner zancadillas, o en una ave de vuelo más o menos poderoso, pero capaz, en todo caso, de remontarse sobre sí misma.

Y tendríamos que decirles aún más claro que, en definitiva, en última instancia, la opción asumida depende casi exclusivamente de ellos. Decirles que el mundo puede zancadillear, obstaculizar, dificultar, recortar, reducir un gran porcentaje de sus esfuerzos, pero que, al final, el gran salto quien lo da o lo deja de dar, quien asume sus alas o las deja perdidas en el gran perchero de la vulgaridad, es lapropia persona que hace la opción, es el propio adolescente que elige reptar o volar.

En esto me parece que nos hemos ido de extremo a extremo. Y no sé cuál de ellos sea más peligroso. Cuando yo atravesaba esa “edad sagrada” –hace ya 40 años– nos hicieron un bien infinito al hablarnos mucho de “ideal”. Nunca lo agradeceré bastante. Nos explicaron que había grandes cosas por las que valía la pena luchar. Un poco románticamente nos señalaron diversos tipos de heroísmo como metas posibles y necesarias. Y en todo ello había mucho de tópico y de ingenuo. Pintaban demasiados luceros en nuestro horizonte. Pero, al menos, consiguieron con ello que nos acostumbrásemos a mirar hacia arriba.

No nos explicaron, en cambio –y eso fue su fallo–, que la realidad es cruel, que tres de cada cuatro de nuestros ideales serían mutilados o arrasados. ¡Nos pegamos, por ello, cada batacazo! ¡Cayeron tantos en el otro extremo del cinismo!

Pero tengo la impresión de que ahora está ocurriendo exactamente lo contrario, que me parece más peligroso. ¿Hay entre los adultos, maestros o guías que tengan ilusiones suficientes para transmitirlas? ¿No se encuentran, más bien, los jóvenes con una generación de plañideras que no pueden invitar a unas conquistas en las que no creen?

La tierra se ha poblado de lo que Juan XXIII llamaba “los profetas de calamidades”. Y uno ya sabe que la marcha de este planeta no está para fandangos, pero es que te levantas y el periódico te habla de la proximísima conflagración mundial; tu vecino de autobús te anuncia una nueva subida de la gasolina; la señora que limpia la escalera te cuenta que los jóvenes de ahora han perdido el respeto, la limpieza y quince cosas más; el compañero de trabajo te habla pestes del jefe, y si entras en un bar te hablan mal de los curas, de los políticos, de los fabricantes de cerveza y de los deshollinadores, y llegas a la noche preguntándote si algo funcionará bien en este mundo, y hasta te maravillas de que al abrir el grifo salga agua en lugar de vinagre.

A veces miro con pena a los chicos de ahora, a quienes hemos convencido de que no tienen más horizonte que el de la próxima guerra mundial, y a quienes empujamos, mientras la bomba llega, a malgastar su vida lo más ruidosamente que puedan y sepan.

Yo prefiero volar. Si esa temida guerra tuviera que llegar, aspiro a que al menos, me encuentre volado y habiendo vivido hasta el céntimo todos los sorbos de vida que me hallan concedido. Con lo que, si además, no llega, nos vamos a ir encontrando mejor cada vez en un mundo de gente ilusionada que en otro de reptantes asustados.

Por eso digo a los jóvenes que cuiden sus alas. Que procuren tener varias, si es posible tres pares, como los serafies, porque luego viene siempre la realidad y te recorta algunas, así que hay que tener, por si acaso, varias de repuesto. Que no se olviden de que es muchísimo más importante dedicarse a fabricar unas alas que a podar sus defectos. Hay gente que gasta su tiempo en quitarse chinitas de los zapatos o callos en los pies cuando podría, simplemente volar. Era san Agustín quien decía que aquello del “ama y haz lo que quieras”, no porque sea bueno hacer lo que a uno le venga en gana, sino porque cuando uno ama sólo le vendrá en gana hacer cosas ardientes y dignas.

Si los chicos aprendiesen a volar, si todos alimentasen sus alas, su coraje, su pasión, sus ganas de ser alguien y mejorar el mundo, ya podía el paro encadenar a un alto porcentaje de ellos, ya podrían venir ríos de droga por todos los canales de los negociantes: ellos seguirán creyeno en sí mismos y en su lucha. Porque no es cierto que a los jóvenes les vaya mal porque han caído en la droga o en la soledad. Al contrario: han sido atrapados por la amargura y por la droga porque ya antes les iba mal, porque ya tenían el alma a medio encadenar. No se llena de veneno o de vinagre una vasija que no esté previamente vacía. Hace falta un casador buenísimo para cazar a los pájaros que vuelan más alto, muchos se quejan de que les pisan y no se dan cuenta de que fueron ellos quienes eligieron ser cucarachas. Muchacho: ¡Cuida tus alas!