viernes, 11 de junio de 2010

Un coloquio sobre mi religión


Rafael Espino G.

Hace días entablé un diálogo con una persona que se dice a-religiosa (es decir, sin religión). Era alguien mucho mayor que yo, y al parecer con mucha más preparación. Dicha conversación surgió a partir de un reclamo abierto y sin escrúpulos por parte de aquella persona hacia la Iglesia católica. Me argumentaba la falsedad de la institución católica, y además, de la inexistencia de lo espiritual…

Sin duda alguna, la persona de la que les hablo, a pesar de dar muestras de su excelente formación, patinaba en un grave error. Primero porque emitía juicios generalizantes respecto de la Iglesia, y segundo, lo más imperioso, mantenía su postura totalmente insustentable de que lo espiritual no existe…

Gracias a este acontecimiento, me doy la oportunidad de plasmar en los siguientes párrafos algunas ideas que he venido adquiriendo al paso de los años respecto a esta situación. Considerando además que, dado el hecho, alguna vez cuando más jóven, llegué a tener dudas sobre tales cuestiones…

En primer lugar, debo decir que lo espiritual existe. Es algo propio del hombre y nunca separable. Es una realidad ineludible, y además, no nocesita estar vinculada a las religiones forzosamente. Se da cuando hay cultivo de la interioridad, meditación, liberación personal…

En segundo lugar, retomando aquello de la institución católica (y de lo cual profundizaré un poco más), considero que el hecho de que se perciba un declive de la religión, puede ser una oportunidad para lanzar fuera las represiones que nos formamos en este ambiente o sistema social.

Sin embargo, como primer momento, debemos reconocer que, a pesar de las fricciones que han surgido al paso del tiempo entre Iglesia, ciencia y otros elementos, siguen coexistiendo en el ámbito de la experiencia humana, y siguen reformulándose día a día.

El sistema racionalista nos ha conducido a decir que la religión es el “opio del pueblo”. Los medios de comunicación han tratado de quitarle crédito, incluyendo a otras instituciones, pero no confundamos el fundamentalismo con la religión...

La religión (por lo menos la que profeso) es compatible con lo valores universales de la ética, los derechos humanos fundamentales. No debemos considerarla como un rango cultural inferior, como lo hacen los escépticos y fundamentalistas científicos. Nadie puede negar que el mismo Papa Juan Pablo II fue un defensor de la libertad y del hombre (¡y profesaba una fe, una religión!).

La mayoría de la veces, en la religión, el hombre expresa lo mejor que lleva de sí, sus aspiraciones más altas y sus necesidades profundas. Hoy día ella es una de las que se muestra abiertamente en contra del materialismo atroz que nos despersonaliza, contra las guerras, pobreza e individualismo.

La religión católica desvela el destino de cada uno de sus fieles. Nos mantiene seguros de que nuestra existencia no tiene fin el día que dejemos de respirar. La religión no nos pone como condición dejar de pensar, sino todo lo contrario. Ella no trata de algo fideísta o fundamentalista, sino de una cierta confianza en nuestra razón, que sin duda también nos conduce a Dios.

Para los cristianos católicos es fundamental saber que antes de pertenecer a una religión profesamos una fe (en Jesucristo). Donde se trata de acoger a Dios mismo, como Don, y por consecuencia, que se traduce en formas religiosas: cultos, textos sagrados, normas, comportamientos, etc. Creer es adherirse a alguien (a Jesús).

En la religión católica, el hombre que cree en Jesús entra en la propia dimensión de Jesús, porque se acerca a él: oración, paz, misión salvífica. Es Jesús quien promueve al hombre. Lo convierte de siervo a amigo, de esclavo a hijo…

El creyente católico no puede ni debe creer a la ligera, ya que es un sugeto humano dotado de exigencias de honestidad intelectual y rectitud moral respecto a los actos que realiza. Debe dar razones de su fe: necesarias para garantizar su carácter razonable.

La Iglesia católica no encubre nunca sus razones de fe. A pesar de que ello la conduzca constantemente a la hoguera. La fe del católico no es demostrable siempre, pero tampoco puede reducirse a una opción voluntarista, irracional y sin compromiso… La Iglesia católica, en su calidad de depositaria de fe, da al hombre motivos racionalmente válidos para hacer razonable su adhesión a Dios…

Las actitudes descalificadoras, superficiales y acríticas contra la Iglesia católica son moneda barata e insuficiente. Se necesita una visión global para aprender y pensar qué somos y dónde estamos. No basta ser mediocre y repetitivo. La religión cristiana es muy fascinante como para tacharla de esa manera…

martes, 1 de junio de 2010

Una es la entrada, y una la salida


“Al nacer, lloramos por haber venido
a este gran teatro de locos”
(Shakespeare en “El Rey Lear”)


“Yo también soy un hombre mortal como todo,
un descendiente del primero que fue formado en la tierra.

En el seno de una madre fui hecho carne;
durante diez meses fui modelado en su sangre,
de una semilla de hombre y del placer que acompaña al sueño.

Yo también, una vez nacido, aspiré al aire común,
caí en la tierra que a todos recibe por igual
y mi primera vez fue la de todos: lloré.

Me crié entre pañales y cuidados.
Pues no hay rey que haya tenido otro comienzo de su existencia;
una es la entrada en la vida para todos
y una misma la salida…”

viernes, 21 de mayo de 2010

Lo que más nos hunde


Espino


Más que un modo de pensar, la soledad es sobre todo una experiencia: es no encontrar salida, estar obturado en el aislamiento y en la pérdida de diálogo. Es no tener a nadie con quien hablar, con quien desahogarse. Es cuando nadie me conoce ni me quiere, ni me busca y me dice lo que tengo que hacer para superar las adversidades de mi camino.

La soledad es no tener interlocutor, no encontrar réplica en otra persona, no tener amigo o amiga. Es no tener a nadie con quien estar, para entablar comunicación, para ayudar y ser ayudado. Es un proyecto vital solitario donde con nadie se comparte, donde la tarea de vivir no es común.

La soledad es la frustración redical de la persona, un ser esencialmente capaz de dar. No podemos darnos a una piedra porque es un dar muy corto para lo que somos. A quien podemos dar deveras es a alguien como nosotros, es decir el “otro”. Y si no hay “otro” me frustro porque no expreso mi ser, no saco nada de mi, no recibo nada, me pierdo. La soledad es no recibir correspondencia a mi don.

La soledad nos hunde en el sufrimiento.

lunes, 3 de mayo de 2010

¿Qué me inspira?


Espino


La verdad es un elemento constitutivo de la vida humana. Toda persona tiene su verdad inspiradora. El crecimiento del hombre se realiza por su inspiración. Ella es la que enciende las alas de las dormidas capacidades humanas. Por eso las hazañas son tan decisivas. Expresan la máxima tensión de conquista, de esfuerzo, de una verdad captada.

Quien no entiende el dinamismo de las proezas humanas no entiende al hombre mismo. Negar la verdad es negar la mayor parte de la grandeza del hombre. Suprimirla es suprimir la inspiración, el arte, el ejercicio de libertad.

El hombre no puede vivir sin verdad, carecería de inspiración.

La verdadera alegría se da cuado nos topamos y nos reconocemos ante la verdad.

¿Cuál es mi verdad? ¿En qué creo? ¿Qué es lo que me mueve a hacer algo, a vivir? ¿Cuál es mi inspiración central?...