miércoles, 14 de abril de 2010

El “semisueño”


Espino

En nuestro diario vivir existen momentos en los que nos esfumamos de la realidad. Es ese estado de “semisueño” en el que podemos reflexionar extensamente sobre el pasado, recordar intensas escenas infantiles, vivenciar un hecho ya experimentado, tararear la canción preferida… es el instante en que las imágenes muy personales se encadenan de forma interminable.

Si después de ello quisiéramos enumerar todo lo que hemos recordado (y vivido en el recuerdo) necesitariamos horas y horas, cuando apenas nos habiamos llevado unos cuantos minutos al pensarlo.

Es en el “semisueño” donde nos vivimos cientos de años… y si encontráramos la manera, podriamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo hoy por culpa de los relojes…

lunes, 12 de abril de 2010

La muerte en Atotonilco


Rafael Espino Guzmán


Cuatro velas rodeaban la cama que asedía aquella asamblea de piadosas. El cirio que daba al patio de la casa se consumía a mayor velocidad que los tres restantes. Su grande flama hacía que se desplomaran gotas de cera sobre el adoquinado… Atotonilco se vestía de margaritas y flores silvestres; se engalanaba con copal y coros de sollozos.

Las bocas de aquellas mujeres que pronunciaban sin cesar “aves marías” se mostraban suplicantes para la salvación de la alma tumbada frente a sus ojos. Eran casi las cuatro de la tarde. Nunca había sentido la muerte tan de cerca. Era como si yo jugara con ella y ella conmigo. La obscuridad de quel cuarto de adobe y el ambiente de tristeza me sofocaban mucho más que el humo y el calor de aquel lugar.

Las lágrimas rodaban por las mejillas de los seres queridos; se les arrancaba una parte de sus miserables vidas. Zoila, la que yacía sin premura en aquel altar costeño, habría cumplido 88 años el domingo próximo si no se hubiera enfrentado con el furor de la muerte.

El tiempo pasaba al compás de las migajas de cera que caían sobre el suelo; la vela añeja se derrumbaba gota tras gota y el tiempo minuto a minuto.

Allí estaba la muerte, nos hacía ver la supremacía de su presencia. Unos la tomaban como cruel y despiadada, y otros, como algo incomprensible y digno de respeto.

Las miradas de quienes se encontraban en aquel cuarto semioscuro se clavaban fuerte sobre el cuerpo inmóvil. Ni una palabra, ni un acto… era un hecho in facto.

Yo inalaba el humo de incienso que cubría la habitación. Los rosarios se desgranaban entre los dedos de las mujeres misericordiosas. Rodaban y rodaban lágrimas en los rostros pálidos e iluminados por la vela que se consumía paulatinamente…

El viento sopló por aquella puerta lateral y al unísono de un “amén” se extinguió la llama que iluminaba el recinto… todo se había consumado…

jueves, 1 de abril de 2010

¿Qué enseña la enfermedad?


Rafael Espino Guzmán

“Diciendo está el cigarro lo que es la vida:
fuego de unos instantes, humo y cenizas…”


"Según se ha vivido, así se morirá", decía un viejo sabio. La enfermedad nos recuerda nuestra finitud, la posibilidad de desequilibrio. El mal, el sufrimiento, el dolor, se pueden presentar en el momento más inoportuno. Esa es una realidad a la que hay que atenerse siempre. Todo hombre pertenece a la tierra cuando más siente estar en el cielo.

Muchos, en lugar de preguntarse si hay vida después de la muerte deberían preguntarse a tenor de la vida que arrastran: Ah, ¿pero había vida antes de la muerte?... ¿Qué tipo de vida era?...

“Me duele, luego existo”, decía Kierkegaard parodiando a Descartes. Su experiencia del dolor le hacía girarse a sí mismo y buscaba irremediablemente respuestas a su condición frágil.

El dolor sólo se hace llevadero cuando alguien más nos quiere y nos acompaña amorosamente. ¿Por qué tanto miedo al dolor? Por culpa de la soledad seguramente, pues lo que duele más al hombre es el dolor solitario.

Un dolor verdadero sólo reclama silencio y grito, a veces también gritos de silencio desgarrador. Y en efecto, todo “enfermar” es derrumbarse, venirse abajo, precipitarse sin firmeza. Al caer se deja de pertenecer al mismo grupo de humanos al que se pertenecía y se pasa a experimentar un contexto inóspito.

La enfermedad genera reproches contra los demás y contra uno mismo. También nos lleva a inscribirnos en la constelación del sentimiento de culpa: ¿Qué habré hecho yo para merecer esto? ¿Por qué a mi? Nos cae el abismo de la hipersensibilidad.

Todos somos insignificantes en esta aldea global, y más nos damos cuenta de ello en la enfermedad. Sin embargo, lo más sorprendente de los sufrimientos y del dolor a que nos arrastran nuestros males, es el aprendizaje que acarrea a nuestras puertas: saber las condiciones para superar odios, desesperaciones, instintos destructivos, etc. La paradoja de la enfermedad es que puede devolvernos una nueva salud (más allá de la física). Por la enfermedad se puede aprender el arte de humanizar en sus tres dimensiones: preventiva, de mantenimiento y de restauración.

La vida diaria del pobre o del enfermo exige aprender a pedir. Es regrezar a las prácticas de niñez: llanto, agitaciones de arriba abajo y agradecimiento enloquecido a quienes nos brindan atenciones. También es aprender a sabernos dichosos en los momentos de suma paz, de estabilidad psíquica y física.

Y algo más: “la enseñánza suprema es darnos cuenta que el amor ajeno nos funda y dignifica”.

jueves, 25 de marzo de 2010

¿Por qué la filosofía?



Rafael Espino Guzmán

En una de mis vacaciones pasadas un viejo amigo me preguntó sécamente: “¿Por qué estudias filosofía?”. Fue una pregunta tajante para aquel instante, al grado que me hizo buscar justificaciones imprevistas.

Recuerdo que era una tarde asoleada. Mi amigo me estaba contando con tanta intensidad los estudios de ingeniería mecánica que concluía. Se mostraba lleno de espectativas: tendría en pocos meses un buen trabajo y un buen sueldo; ocuparía lugares de reputación en las empresas maquiladoras; personas allegadas le aplaudirían sus logros y esfuerzos… había elegido unos magníficos estudios universitarios.

Me imagino que tenía razón al sorprenderse cuando le confesé que estudiaba filosofía. Eran totalmente parámetros distintos los suyos sobre las profesiones y la vocación de las personas en pleno siglo XXI. ¿Quién no se preguntaría en estos tiempos sobre la utilidad de la filosofía? Definitivamente es una cosa que no cuadra con las cosas que vivimos en la actualidad. Hoy día se piensa que la filosofía no tiene terreno común para desenvolverse. Nos parece una extraña que habla una lengua diferente, como decía Ferrater.

La pregunta de mi interlocutor me ha llevado a interrogarme sobre el asunto, y es así que les presento en pocas líneas parte de mi reflexión.

La filosofía indudablemtente nos brinda los valores más verdaderos. Creo yo que ese es el principal motivo por el que me incliné a estos estudios. Siempre he buscado resolver las paradojas de mi vida y la filosofía es la que más ha contribuido a mejorar mi humanidad. Con esto no digo que la filosofía resuelve la vida, pero sí favorece a optimizarla.

Irremediablemente, queramos o no, lo sepamos o no, todo ser humano filosofa. Cualquiera, aunque muchos lo duden, tiene la necesidad de aprender a preguntar. Sólo a partir de este ejercicio es como logramos romper viejas costumbres o tradiciones; sólo así es como comprendemos el mundo que nos rodea. De allí que no sólo quienes estudiamos esta discíplina hacemos uso de ella, sino en toda persona.

Tener una mayor protección mecánica o una vida asegurada no requiere de filosofar, cosa que nunca sucede. A una vida minimizada corresponde naturalmente un minimo de pensamiento. Porque para nosotros vivir es movimiento, riesgo, entrega. Es buscarse una trascendencia al estado en el que nos encontramos, es indagar algo más acerca de aquello que aparenta ser solamente la busqueda de salvación.

Entre menos pensamiento haya alrededor de la vida, menos intensidad de vida aparecerá. Porque si no hay movimiento, si no hay una búsqueda de algo que nos trascienda, entonces nos toparemos con el sin-sentido. Vivir, es entonces, estar pensando en la naturaleza de nuestra propia vida, en el vencimiento de aquella inmediatez en la que nos hallamos: ¡definitivamente filosofar es vivir!.

Aristóteles ya lo decía en alguno de sus escritos: “Se debe filosofar, hay que filosofar: y si no se debe filosofar entonces hay que filosofar el porqué no se debe. En cualquier caso hay que filosofar”. Efectivamente, si existe la filosofía estamos obligados a filosofar sin ninguna duda, puesto que existe, y si no existe, también en esas circunstancias estamos obligados a investigar porqué no existe la filosofía, entonces, al investigar filosofamos.

Con esto sólo quiero recordar al lector la importancia de filosofar en nuestra vida. Este hecho es como una luz en el camino para no estar perdidos aun sintiendo que lo estamos.

Tal vez mi carrera no se halle dentro de los parámetros de la cultura actual; tal vez ni siquiera me logre una sufieciente remuneración económica o, peor aún, no halle trabajo con ésta; tal vez no convenza a mi amigo con esta reflexión… pero lo que estoy seguro es que la búsqueda de la sabiduría corresponde a vivir felizmente, aunque ello se me presente en ocaciones de manera amarga, dura e inaceptable…