viernes, 5 de marzo de 2010

El cuidado del alma


Rafael Espino Guzmán
Epicuro, el filósofo, escribió: “Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para ocuparse del bienestar del alma”. Recuperar el valor de los placeres sencillos, las relaciones con el mundo y con los que nos rodean; la atención, dedicación, manejo prudente, adorno del cuerpo, sanación, administración y preocupación por nuestra persona son aquellas cosas que nunca debemos perder de vista.

Esa es probablemete la síntesis de aquel libro ("El cuidado del alma" de Thomas Moore) que ha sido parte de mis lecturas en estos últimos meses. Debo admitir que su mensaje es claro: el alma es la fuente de quienes somos. De allí la necesidad de un cuidado diario.

El alma no tiene que ver tanto con la reparación de algún fallo básico, sino con la atención que se presta a los pequeños detalles de la vida cotidiana como las decisiones y los cambios más importantes. El cuidado del alma se inicia observando su manera de manifestarse y de actuar. Es sacar de sí los problemas a uno mismo y regresárnoslos para su trabajo.

Si conociéramos mejor el alma podriamos estar mejor preparados para los conflictos de la vida. No por nada los grándes místicos y personas profundamente maduras dan prioridad a la observancia del alma que a una solución inmediata a los problemas se que pudiera presentar. Es en ese caso cuando actúan mediante la inacción: al hacer menos logran más.

Si vamos a contemplar el alma es necesario explorar sus desviaciones, su perversa tendencia, porque en la normalidad se suele esconder las excentricidades que mejor nos definen. Estar en momentos críticos o en situaciones que rebasan la normalidad es señal de que el alma tiene la capacidad de reflexionar sobre su destino.

El cuidado del alma es pues, desde mi experiencia, algo que implica simplicidad de acción a pesar de las dificultades monstruosas que aparenten evitarla.

Epicuro tiene razón en su sentencia: el cuidado del alma es continuo. Es como tener una espiga seca en nuestras manos y saber que aún puede producir vida.

El hecho de estar expuestos a la vida, es para nosotros, al mismo tiempo una amenaza y una oportunidad. Nosotros decidimos conducir el alma por una o por otra.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Pito Pérez: “la desventura de la humanidad”


Rafael Espino Guzmán
Pertenezco a un pequeño poblado del Esatado de Michoacán, un lugar muy sencillo, modesto y a la vez interesante. La niñiez y parte de mi juventud la viví en su regazo, y gracias a ello me hice portador de considerables riquezas que hoy son parte esencial de mi persona.

Profusas son las historias de mi pueblo que se refieren a individuos muy particulares, aquellos que se mantienen al margen del común de la sociedad pueblerina (por alguna discapacidad, por exclusión social, por vicio alguno o por provocar mofa entre la gente)… Yo a ellos los comparo con “Pito Pérez”, el desventurado borracho de Santa Clara del Cobre y personaje ilustre de la obra de José Rubén Romero. Y digo los comparo porque no significa que todos son iguales, pero sí comparten características de aquel sector rechazado por la mayoría.

Alguien me dijo alguna vez que sin este tipo de personas los pueblos se volverían rutinarios, abandonados, e incluso sumisos a las condiciones fatales que padecen, y tal vez tenga razón, no porque apoye la detestable idea de recriminarlos, sino porque son ellos los que más viven las desventuras de la humanidad, los que conocen con mayor certeza la esencia y el colorido de nuestro país, y desde luego, porque a ellos los convertimos en válvula de escape de nuestras represiones sociales. Son ellos la expresión sencilla y no rebuscada del mexicano: alegre siempre a pesar de su historia dolorosa; rico en sus miseria; enmascarado con aquel humor que siempre ahuyenta sus propias tragedias.

Aquí dejo pues el testamento de este hombre tan picarezco para que lo tomemos con ambos brazos y lo invirtamos en la empresa personal:

a).- “Lego a la humanidad todo el caudal de mi amargura…
“Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida y para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y toman todo en un arranque de suprema justicia”.

b).- “Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición”.

c).- “Libertad, igualdad, fraternidad… !Qué farsa más ridícula! A la libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la igualdad la destruyen con el dinero, y la fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo”.

d).- “Y, ¿qué es la caridad? Bien claro lo indica su nombre: ca-ri-dad, dad, dad. ¡Por algo es la mayor y la más grande de las virtudes!”

e).- “¿Qué voy por la vida sucio, greñudo, desgarrado? ¡Y qué importa si no tengo con quien quedar bien!; ¿Qué no trabajo? ¡Qué más da, si nadie tiene que vivir a mi costa!”

f).- “Te amo en secreto, si lo supieras nunca me hirieras con tu desdén…”

g).- “Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas”.

h).- “¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar por un señuelo!”

sábado, 30 de enero de 2010

No soy yo

Por: Rafael Espino Guzmán

No soy yo, soy otro cuando te miro,
y no es que me deje abandonado en tus ojos,
es mi alma que se empieza a agitar.
Soy ese en el espejo, con un sueño perturbado,
con brazos cubiertos de largos años cansados de esperar.

Te veo como un lucero de mis noches:
limpia, brillante y única en cualquier lugar;
tu mejilla es firmamento enorme
del aquel inconfundible lunar...

Eres tú, sí tú, lo que más he deseado,
y por más que te aspiro, te vuelves cumbre inalcansable,
una estrella vista por un errante al vagar.

Por eso digo que no soy yo,
que soy otro cuando te miro.
Y ese que no soy yo
camina en el mundo sin poderte encontrar

miércoles, 6 de enero de 2010

Lo que nos deja la posmodernidad


Por: Rafael Espino Guzmán
Ciertamente algunos filósofos posmodernos (de especial manera Baudrillard, Lipovetski, Bell y Vattimo) nos han presentado un panorama interesante de algunas de las características más representativas de la posmodernidad.

Entre algunos de los puntos que coinciden estos filósofos destaca el sentido de la despersonalización, del individualismo, del consumismo inmoderado… Todo ello como resultado de la imperancia de los medios de comunicación con vistas a beneficiar a unos cuantos de la sociedad, principalmente a los dueños de medios de producción.

Como bien lo mencionaba Baudrillard, existe una despersonalización y una falta de sentido, somos producto de la globalización, del consumismo, y esto conlleva la muerte del arte y de la carencia de dirección en las vidas de las personas. Se promueve un individualismo que aísla hasta evitar el trato con los demás, ciertamente en algunos casos se excluye la violencia con los otros, pero provoca la reclusión, la destrucción del ser humano. En este sentido la cultura de masas es el mejor conductor del individualismo, los mass media han bloqueado la comunicación que toma partida por la libertad.

Hoy día se proclama el final de las ideologías. La cultura se halla dominada por un principio de modernismo que perturba la vida burguesa y los estilos de vida de la clase media por un hedonismo que ha desmejorado la ética, de la que provenía el cimiento de la sociedad.

El único sentido de la vida en la actualidad se enfoca a los placeres. Esto crea el peligro de una sociedad suicida, de una cultura que se devora a sí misma y que pone en conflicto los valores y las racionalidades. El orden productivo contradice al orden cultural.

Hablamos de la destrucción de aquello que ha sido legitimación del sistema capitalista, que es la producción incesante. Baudrillard menciona que los objetos están hechos para ser vendidos. Está muy atrás la búsqueda de lo necesario o de lo estético. Vivimos atrapados en un mundo irreal, creado por los modismos, los productores y los publicistas.

El signo es el apogeo de la mercancía. La reproducción daña toda la cultura, pues sólo deja el valor de cambio y mata el valor de uso que pueden tener los productos culturales, poniendo fin a lo real e instaurando lo imaginario.

La posmodernidad es el tiempo en que el objeto predomina sobre el sujeto. La fatalidad es el imperio del objeto, pero del objeto ineludible y sin sentido; es por ello el imperio de la trivialidad.

El objeto es ya signo puro, como un cristal. Por eso se nos revela que el yo es solamente simulado. No hay verdad, no hay teoría que pueda ofrecer verdad alguna en este momento. Ya no hay victimarios sino sólo víctimas y cómplices.

El crimen perfecto es dar muerte a la realidad. Después de la muerte de Dios y de la muerte del hombre, impera el objeto. Y después de la muerte del objeto llega la prioridad de lo virtual, su realeza en este mundo agitado y desprovisto de fundamentos de sentido. El nihilismo aparece como paso del valor de uso al valor de cambio; es la pérdida de valores.

Los medios masivos de comunicación son los que construyen la imagen del mundo. Convierten la realidad en fábula. Se vive la fabulación de la realidad como la única posibilidad de libertad, dando la disolución del sujeto.

Hace falta una metafísica que nos desligue de este aparente hoyo negro al que nos está conduciendo la posmodernidad. Es necesario plantear alternativas que estén en miras de un mundo más justo y libre, en el que se logre una cultura de los derechos humanos y de la igualdad…